Si realizamos la clásica mezcla de agua y almidón de maíz, por ejemplo, y la sometemos a una vibración constante, observaremos con terror que la mezcla se comporta como un auténtico ser vivo, que agita sus “tentáculos” y se contonea, una especie de “monstruo de maicena” surgido de una llanura sideral.
Este extraño comportamiento tiene una explicación relativamente sencilla: un fluido no-newtoniano no tiene un valor de viscosidad definido y constante, de ahí su sorpresiva respuesta ante los estímulos del exterior. El ejemplo del agua y la maicena es muy fácil de realizar en nuestra propia casa; una vez obtenida la mezcla comprobaremos un hecho insólito: al removerla lentamente se comporta como un fluido semi-líquido, pero al agitarla con fuerza se muestra dura como una piedra. Mientras se remueve despacio con una cucharilla, la mezcla ofrece la textura de una papilla, pero si se le pega un puñetazo, nuestros nudillos se toparán con algo tan sólido como una pared.
Estas propiedades han llevado a los científicos a investigar la aplicación de este tipo de fluidos en la fabricación de chalecos antibalas, dada su capacidad para absorber la energía de un impacto a alta velocidad y permanecer flexibles en condiciones de ‘normalidad’. El comportamiento de la maicena es parecido, también, al que tiene lugar en las denominadas "arenas movedizas": la mezcla de arena y agua se vuelve más rígida si la víctima se agita, pero permite cierta libertad de movimientos siempre que se produzcan sin brusquedad. El mismo principio que permitió hace unos días a Pablo Motos "caminar sobre las aguas".
Pese a lo que puede parecer, este tipo de sustancias no pertenecen a la ciencia-ficción. Existen numerosos fluidos no-newtonianos en nuestro entorno más inmediato, como el ketchup, la pasta de dientes o la pintura. En el caso de la pintura, su comportamiento es contrario al de la maicena; cuando se le agita con la brocha se vuelve maleable y una vez sobre la superficie se solidifica para evitar el goteo. El ejemplo del ketchup y la pasta de dientes es parecido; la “viscosidad” del fluido disminuye al presionarlo, por eso cuando agitamos el bote con fuerza, el contenido sale con mayor facilidad.
Más allá de las implicaciones prácticas, lo que nos fascina del sencillo experimento de la maicena es lo que tiene de bofetada a las leyes de la realidad. Todo lo no-newtoniano tiene algo de monstruoso y escalofriante, como si el engranaje perfecto de la Física se viniera abajo por un momento. Se podría decir que, al contrario que el agua, el vino o la cerveza, los fluidos no newtonianos son los únicos que no se adaptan exactamente al recipiente que los quiere retener: si los metes en una tetera no se convierten exactamente en la tetera, si los metes en una botella quién sabe qué sucederá con la botella. De ahí mi última y subversiva invitación: “Empty your minds: be Maicena, my friends!”


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